Día 1 – Cuando se apagó el estridulado

Entrevistado: Dr. Gabriel Montoro. Entomólogo del Instituto Nacional de Biodiversidad. Universidad de Estadual de Campinas, Brasil

[Grabación de campo – 06:12 a.m.] El Dr. Montoro ajusta el micrófono del registrador de sonidos y observa el indicador luminoso parpadear en rojo. Silencio. El espectrograma en la pantalla portátil se mantiene plano. —Es la primera vez en veinte años que no hay actividad —dice, mientras su respiración se mezcla con el crujido del viento en la hierba. La voz suena hueca dentro del traje protector. —Ni zancudos, ni abejas, ni chicharras. Nada. El doctor mira hacia el horizonte: un campo agrícola al norte de Campinas en el distrito de Barão Geraldo. Detrás de los invernaderos, el sol asoma como una moneda pálida. La humedad del suelo aún debería atraer a los coleópteros. Debería.

[Voz del narrador / periodista]A esa hora, los sensores de monitoreo acústico deberían registrar al menos 40 decibelios de actividad biológica: zumbidos, chasquidos de alas, microvibraciones de vuelo. Esa frecuencia —entre los 100 y 2,000 Hz— es lo que los entomólogos llaman “ruido vital”, una constante que, en condiciones normales, nunca desaparece. El registro de hoy muestra una línea plana.

[Dr. Montoro] —Pensé que el equipo estaba descompuesto. Revisé las antenas, los micrófonos, el software… todo funcionaba. Hice una caminata de cien metros alrededor de la estación. Solo polvo suspendido. Cuando uno estudia insectos, aprende a reconocer su presencia sin verlos. Los oyes. Los sientes en la piel, en la presión del aire. El cuerpo se acostumbra a ese zumbido constante, una respiración compartida con el entorno. Hoy no hay nada. Silencio puro.

[Voz del narrador]El Instituto había iniciado el programa de monitoreo acústico hace doce años. Los micrófonos distribuidos en zonas agrícolas registraban la densidad sonora para estimar la biomasa de insectos voladores. El algoritmo convertía las frecuencias en valores aproximados de población. En los últimos reportes, la actividad ya había caído 68% respecto a los años iniciales. Pero lo de hoy era cero. Una primera alerta llegó simultáneamente desde distintos partes de Brasil. Ningún registro de polinizadores.

[Dr. Montoro]—Lo más extraño fue el aire. No era el mismo. Había una densidad distinta, como si la atmósfera perdiera textura. Normalmente, cuando hay insectos, el aire vibra; las partículas se mueven con los batidos de millones de alas. El calor se reparte distinto, el sonido viaja con eco. Esta mañana era plano. El aire se sentía muerto. Caminé hacia el seto donde siempre revoloteaban abejas sin aguijón. Las flores estaban abiertas, pero estáticas. No había rastro de vida, ni siquiera de predadores. Los pájaros tampoco estaban. Me incliné y olí una flor. Ningún aroma. El perfume depende de compuestos volátiles que los insectos liberan al tocar los pétalos. Sin ellos, el olor no se activa. Una flor sin insectos huele a nada.

[Voz del narrador]Los datos globales ya advertían la tendencia: En tres décadas, la biomasa de insectos voladores había disminuido más del 70% en múltiples regiones agrícolas del planeta. Las causas, conocidas pero ignoradas: pesticidas neonicotinoides, pérdida de hábitat, monocultivos, contaminación lumínica, cambio climático. Aun así, los científicos consideraban que la desaparición total era improbable. Hasta esa madrugada.

[Dr. Montoro]—No hay cadáveres —me dice con voz baja—. Eso es lo inquietante. No hay cuerpos de abejas ni alas en el suelo. Es como si se hubieran disuelto. Recogí muestras del aire con una trampa de partículas. Cero restos biológicos. Ni fragmentos de quitina, ni polvo de polen. Nada. La naturaleza no se detiene así.

[Voz del narrador]A las 09:00 horas, el Instituto emitió el primer boletín: “Ausencia temporal de actividad entomológica registrada en 17 estaciones nacionales.” Los medios lo interpretaron como una anomalía técnica. Al mediodía, los ministerios agrícolas de Estados Unidos, Canadá y España confirmaron el mismo fenómeno. El boletín se actualizó: “Posible evento de colapso biológico sincronizado.”

[Dr. Montoro]—Me quedé junto a los sensores hasta el anochecer. Esperé el cambio de luz, cuando normalmente aparecen los escarabajos nocturnos. Solo escuché el viento. Recuerdo haber cerrado los ojos y contado hasta diez mil, como si el sonido fuera a regresar en cualquier momento. Nada. Es curioso cómo el cerebro empieza a inventar ruidos cuando el mundo calla. Creí oír un mosquito, pero era el zumbido del generador. A las 20:00 decidí apagar el equipo. No había nada que registrar. Silencio absoluto.

[Voz del narrador]Los datos acústicos del Instituto confirmaron más tarde que, en un periodo de 24 horas, el índice de actividad insectil descendió a cero en el 98% del territorio brasileño. No se trató de un error instrumental. El fenómeno fue simultáneo en múltiples regiones del hemisferio norte. Los radares meteorológicos, acostumbrados a detectar las nubes de insectos migratorios —esas manchas móviles que cada año cruzan el cielo como tormentas—, mostraron pantallas vacías.

[Dr. Montoro]—Los insectos son la base del movimiento. Son los engranajes del planeta. Los insectos conectan los procesos: polinización, descomposición, fertilización, alimentación. Son las tuercas invisibles de la Tierra. Cuando desaparecen, el mundo no se detiene de inmediato. Tarda un poco, como un motor que sigue girando después de apagarlo. Pero el sonido… el sonido se apaga primero.

[Voz del narrador]En la grabación del laboratorio, el espectrograma sigue mostrando la línea plana. A las 23:58, una interferencia breve: una curva mínima, un pico fugaz, como un suspiro electrónico. El sistema la etiquetó como “anomalía no identificada”. El Dr. Montoro no lo notó. Ya estaba de regreso en la camioneta. A las 00:03, el silencio volvió a ser total.

[Dr. Montoro]—Los técnicos me preguntaron si debíamos emitir una alerta internacional. Les dije que esperaran al amanecer. Quizá era un fenómeno atmosférico. Pero mientras hablábamos, alguien en la línea dijo que en las cámaras de seguridad de su invernadero no se veía ni una mariposa. Nadie dormía. A las tres de la mañana, me levanté para revisar las trampas de luz. Normalmente se llenan de polillas, escarabajos pequeños, dípteros… Esta vez estaban vacías, incluso las lámparas estaban limpias, sin polvo, sin alas pegadas. Nunca había visto una lámpara limpia después de una noche en el campo.

[Voz del narrador]En los días siguientes, los informes científicos comenzarían a multiplicarse: el colapso de las colonias de abejas melíferas en el hemisferio sur, la desaparición de polinizadores silvestres en Europa, la extinción repentina de moscas de la fruta en Asia. Pero ese primer día, la noticia no ocupó titulares. Las redes sociales celebraron la “noche sin mosquitos”. Los noticieros locales lo llamaron el milagro del verano.

[Dr. Montoro]—Esa mañana, los agricultores de la zona me escribieron para agradecer que, por fin, las plagas se habían ido. Yo no supe qué responderles. A veces uno estudia toda la vida una especie, y no se da cuenta de que su ausencia es la forma más perfecta del desastre. Fui al laboratorio al final de la tarde. Revisé una última vez las muestras. Cero. Guardé una abeja disecada en un frasco de vidrio, de las que usamos para docencia. La coloqué junto al micrófono del sensor principal. No para medirla. Solo para que alguien estuviera allí, por si el sonido regresaba.

[Voz del narrador]El sol del primer día sin insectos se ocultó detrás de una capa de nubes bajas. La estación registró una presión atmosférica normal, una humedad del 58% y un silencio absoluto. A las 21:00, el doctor Montoro abrió su cuaderno. El título de la entrada era breve: “Día 1 — Sin registro….” Y debajo, con letra más pequeña, escribió:

“El mundo respira más despacio.”

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